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  • asaadsaldarriaga

El pavo

No suelo dedicarle a nadie lo que escribo, pero en este caso tengo la intrínseca necesidad de hacerlo. O tal vez más que dedicarlo, quiero tener presente a mi fiel seguidora y fan de mis escritos: mi abuela. Hasta hace poco, ella no sólo leía todos

mis textos apenas los publicaba en el blog, sino que también me comentaba con

un mensaje de texto: “Me gusta mucho como escribes”, “Estoy muy orgullosa de ti”,

“Me tienes maravillada”, “Qué talento tienes”. Sin embargo, su capacidad de lectura

y escritura se ha apagado, aunque su cabeza siga viva. Ahora seré yo quien se lo lea,

y no dudo que, aunque con pocas o sin palabras, recibiré de parte suya los mismos

halagos que hasta hace poco me hacía.


A medida que aprendo a escribir tengo claro que, aunque cada palabra tiene uno o varios significados, no deben usarse aleatoriamente, sino en un lugar y caso específico para decir exactamente lo que se busca. Sin embargo, esta teoría no la puede aplicar mi abuela. Ella no puede usar las palabras apropiadamente mientras habla, y en el caso que alguna logre salir de su boca, la mayoría de las veces la intercambia por otra, que tanto para el receptor como para el diccionario significa algo diferente de lo que ella intentaba decir. Esto no lo hace por falta de conocimiento del lenguaje, como sí lo hace mi hija cuando me dice, “mamá, busqué el zapato” queriéndome decir que lo encontró, sino mi abuela lo hace porque su cabeza no se lo permite. No tiene el control ni de sus silencios ni de todas las palabras que usa para decir lo que quiere.

La veo, la oigo, y no lo creo. Es como si ella estuviera hablándome en uno de mis sueños, y no en mi vigilia, cuando repetitivamente intenta decir algo, pero la palabra correcta no sale, o simplemente no sale ninguna, y entonces se instala en el ambiente la desesperación, principalmente, y algo de ansiedad. La sonrisa más auténtica que conozco ahora tiene otro aire. Los que conocen a mi abuela saben exactamente a qué me refiero. Tiene una expresión que no reconozco en ella. Es (o era) la mujer más positiva que he conocido. No puedo pensar en nadie más, aparte de ella, que acompañara un “auch” de intenso dolor con una sonrisa, sólo para que la tristeza no se apoderara de ella, sino por el contrario fuera el positivismo el que predominara en su historia de sufrimiento ¿Quién más es capaz de contar algo triste que le ha pasado en la vida, mientras recuerda los hechos y se ríe buscando el lado positivo? No lo digo por decir, y menos por idealizarla ahora que su cabeza funciona diferente y que de alguna manera ahora la veo indefensa y sin poder expresar verbalmente sus pensamientos. Lo digo porque nunca he conocido a nadie que se ría y sonría más. Veo a mi abuela y no lo creo. No puede ser ella, la misma que disfrutaba bailando música country, le encantaba cocinar y aprender italiano, y manejaba el computador mejor que mi madre o el celular con más habilidad que mi padre. A esta mujer, admirable por su fortaleza y alegría a pesar de los momentos duros que ha tenido que vivir, le diagnosticaron, después de una intervención quirúrgica de emergencia, una lesión cerebral llamada afasia que le impide comunicarse correctamente.

Aproveché las vacaciones de mis hijos durante la semana de Acción de Gracias para ir a visitar a mi abuela y quedarnos con ella unos días en su casa. Dos días antes de la intervención, ignorantes de que ésta sucedería, estábamos reunidos en la sala de mi abuela con mi tía, y de repente y sin ninguna otra señal, a mi abuela se le trabó la lengua. El episodio no duró más de veinte segundos, pero fue el tiempo suficiente para saber, aunque no lo comentáramos, que algo andaba mal dentro de ella. Pretendí que no pasaba nada pues no quería ponerme nerviosa y, menos aún, ponerlas nerviosas a ellas. Seguimos hablando engañándonos que no recordábamos la mala pasada, mientras mi cabeza intentaba, en vano, borrar la angustia que flotaba entre nosotras. Los nervios de mi tía la volvieron ausente, mientras mi abuela intentaba —no sé si consciente o inconscientemente— demostrarnos que tener la lengua trabada no significaba otra cosa más que un juego sin importancia, y que era obviamente motivo de gracia.

Para mi tía, la angustia dejó de ser lo vivido en la sala para convertirse en un sentimiento de impotencia al no lograr convencer a mi abuela de ir al médico. Mi abuela insistía en que no era necesario ir a la clínica, pues no había que darle importancia a lo acontecido; hecho que de alguna forma entiendo, porque yo evito como sea ir a un hospital, igual que ella. El pavor que me genera la idea de ir me roba mi tranquilidad con desvelos y náuseas como si tuviera el peor virus gastrointestinal. Además, creo sin duda que con los años la terquedad aumenta; así que a los ochenta y pico de años la idea la tenía clara: ir a un centro médico para revisar lo que no estaba funcionando correctamente, no era una opción para ella. Aún estando yo de acuerdo con la fobia a los hospitales, sabía que tenía que hacer algo por mi abuela. Me quitaba el sueño, igual que a mi tía, la impotencia de no convencerla. Preveíamos que era un tema apremiante, que si no actuábamos a tiempo el resultado podría ser nefasto. Los segundos jugaban en contra de su vida y de nuestra conciencia. Nuestra misión era convencerla, pero ¿cómo podíamos luchar en contra de su decisión? La idea de amarrarla y llevarla no era una opción, aunque lo consideré fugazmente en silencio. Finalmente, recurrí a un recurso, tal vez algo más ruin que obligarla a ir: la amenacé. Y sí, me dolió hacerlo y me avergüenzo de confesarlo, pero no soportaba estar a su lado y ver que algo malo le podría suceder y yo no hacía nada para evitarlo, mientras compartía un sufrimiento mudo con mi tía. Así que le dije a mi abuela que nos iríamos de su casa si no iba al médico —creo que especialmente le dolió la idea de que me llevara de su lado a sus bisnietos—, y finalmente aceptó ir. Me queda la duda si accedió por mi amenaza o porque se dio cuenta de que era lo que debía hacer, pero lo importante es que por la razón que fuera al día siguiente fue al doctor.

Recuerdo claramente estar saliendo de la ducha y oír que mi abuela salía de casa con mi tía para ir al centro médico. Me apresuré a cubrirme con una toalla, y con la puerta del baño entreabierta me despedí de ellas justo antes de que cerraran la puerta para salir a la calle y montarse al carro. Le dije a mi abuela que no se preocupara, que seguro la tensión alta era la culpable —yo dándomelas de doctora sin haber hecho ni un semestre de medicina—, así que le darían algo para regularla y que en menos de nada volvería a casa y estaríamos juntos. Quise prometerle que así sería, pero no lo hice, y ahora me alegro de no haberlo hecho, pues le hubiera fallado. No podía correr el riesgo de ilusionarla con algo que no controlaba. Justo antes de que cerraran la puerta, le oí decir una frase completa y coherente: Te quiero mucho, mijita, ahora volvemos para que vayamos a cine. En ese momento quise, pero no supe cómo, enviarle fortaleza para que se fuera tranquila y sin miedo a ser hospitalizada. Aparte de desear eso pensé en mi tía, que por incontables horas había sido un cuerpo pesado y silencioso por toda la carga que acarreaba en forma de impotencia y angustia.

Después todo sucedió tan rápido, que ahora sólo recuerdo a mi tía llamándome desde el centro médico justo antes de que trasladaran a mi abuela en ambulancia al hospital. Me dijo que los exámenes que le habían hecho para explicar la traba de la lengua mostraban que tenía un aneurisma tan grande, que eran pocas las opciones de vida que le daban los médicos. Lo que pensé que solucionarían con un ajuste en la pastilla de la tensión se convirtió en una pesadilla de la que no lograba despertarme. Prefiero no recordar con detalles lo que pasó por mi cabeza desde esa llamada hasta que llegué al hospital para verla antes de la cirugía, pues asimilar lo que estaba creciendo dentro de la cabeza de mi abuela y las trágicas consecuencias que eso tendría fue un proceso muy doloroso. Por más que el aneurisma era una dilatación que no podía ver, sentía cómo crecía exponencialmente frente a mis ojos. Podría jurar que hasta veía cómo se hinchaba poco a poco. Sentía cómo palpitaba a milímetros de mí. Recuerdo cómo nos advertía que explotaría en cualquier momento: un día, cuatro meses o siete años. El aneurisma gobernaba sin democracia. Nos respiraba a todos muy de cerca.

Llegué al hospital justo cuando dos enfermeros entraron en la habitación para llevársela a la cirugía. Recuerdo, y lo quiero hacer con exactitud, a mi abuela acostada y cubierta por sábanas blancas, saludando como un personaje famoso en un desfile de carrozas, mientras la transportaban en una camilla por un pasillo lleno de caras desconocidas y preocupadas, pero que seguro ella veía como sus fieles admiradores. Mis tíos, mi madre y yo la seguíamos de pie, rodeándola con un miedo que luchábamos con dificultad por ocultarle, mientras sonreíamos falsamente para demostrar que aquello a lo que la sometían no era tan grave y que éramos fuertes igual que ella. Confiaba —no sé si ilusamente— que la cirugía sería un éxito y que la opción de que mi abuela no resistiera la operación o que quedara muda, como habían dicho los especialistas, nunca sucedería. No sé si mis tíos y otros familiares tenían la misma confianza, pues el ambiente que circulaba alrededor de todos no era precisamente de conversaciones abiertas sobre la realidad de mi abuela sino de temas que aparentaban que estábamos distraídos. En vano intentábamos apartar nuestros pensamientos de la verdad.

Después de unos pocos minutos de recorrido por el pasillo del hospital, aunque pareciera un camino eterno al ver y tratar de asimilar que mi abuela estaba acostada en una camilla, se abrieron las dos puertas inmensas y automáticas al final del corredor que nos indicaron que el ingreso de los acompañantes estaba prohibido. Justo antes de que perdiéramos de vista a mi abuela, ella se dirigió a nosotros con la misma sonrisa de siempre y nos dijo: Me siento como el pavo de Acción de Gracias. Era como si en vez de estar atravesando el acceso al quirófano para que le intervinieran uno de los lugares más delicados y sagrados del cuerpo: la cabeza, lo hiciera para dirigirse a un concierto de música country o para embarcar en un vuelo para Italia. Ella se veía redondita, acostada en la camilla que hacía la función de mesa según su analogía, mientras nosotros, que éramos los invitados a la celebración, contemplábamos el pavo jugoso sobre una bandeja de plata brillante que se alejaba de nuestro alcance para llevársela a un lugar desconocido, pero que imaginábamos lleno de detalles escalofriantes. El pavo que habíamos ido a festejar con ella era ahora, inesperadamente, el que esperábamos a que saliera completo del horno e igual de exultante que siempre.

Después de tres largas horas llenas de miedos y expectativas, el cirujano entró repentinamente en la sala de espera, y como al ver que llega un invitado deseado y muy especial a una cena, saltamos todos como sapos de las sillas y corrimos hacia él para rodearlo —por un momento se nos olvidó la posibilidad de contagiarnos de covid, pues nos acercamos a milímetros de él, aún cuando no tenía tapabocas—. Él se dirigió a nosotros para decirnos que la intervención había salido bien, y que no quedaba otra cosa sino esperar a que mi abuela se despertara para saber cómo le había quedado el habla. Mi tío, el mayor, fue el elegido para estar al lado de mi abuela cuando se despertara, y según nos contó cuando nos reunimos después de verla, ella le hizo un par de preguntas que no entendió y no pudo contestar con sentido. Concluimos que tal vez eran preguntas sobre lo que ella había soñado a lo largo la intervención o las ideas que le habían quedado rondando en la cabeza durante la anestesia. En ese momento, no asimilamos, o por lo menos no compartimos en voz alta, que mi abuela había quedado con un trastorno en el habla. Sólo nos interesaba que hablara, fuera lo que fuera. Al día siguiente de la intervención, en la habitación del hospital, le oímos decir unas pocas palabras, que tendrían mucho sentido para ella, pero tenían poco para quienes la oíamos hablar. “Lluvia piesitos”, nos dijo a mi prima y a mí queriéndonos decir que necesitaba gotas para los ojos.

Con la excusa de las vacaciones por el pavo pudimos estar juntas este año, y yo tenía una verdadera razón para dar gracias; tal vez uno de los motivos más poderosos que alguna vez haya tenido para agradecer en este cuarto jueves de noviembre. Y aunque la habitación del hospital no olía a pecan pie como suele oler siempre en esta época del año, sino a compota de manzana inodora que se robaba el olor penetrante del hospital, ni tampoco pude comer pavo, sí tuve la fortuna de verlo salir del horno completo y de buen color.

Como consecuencia de la intervención ahora mi abuela tiene dificultad para decir lo que quiere, ¿será entonces que ha debido decir todo lo que hubiera querido y nunca haber omitido una palabra durante los años vividos antes de la cirugía? o ¿no debería haberse arrepentido nunca de lo dicho, sino más bien de lo que no dijo? No hace mucho yo reflexionaba sobre el ser impulsiva y cómo sentí que debía dejar de serlo, no sólo porque descubrí que me molestaba ver a alguien así, sino también porque aprendí que a poca gente le interesa oír lo que uno piensa. Ahora reflexiono —desde una esquina muy triste del corazón— sobre todo lo contrario: querer decir todo lo que uno piensa y simplemente no poder hacerlo, por ejemplo, como en el caso de mi abuela, por una alteración en la capacidad del habla. También pensaba si uno debería dejarse llevar con libertad por los impulsos verbales mientras se tengan, porque puede ser que de repente, se pierda la capacidad de tenerlos. Con esta reflexión concluyo que el silencio no siempre ofrece equilibrio entre un pensamiento y la sensibilidad del interlocutor, a diferencia de lo que pensaba hace poco sobre la impulsividad.

Ahora vivo la frustración de mi abuela por sentirse impedida al ser consciente de que no puede usar la palabra que busca, y en cambio sólo logra emitir silencio o pronunciar con desesperación una palabra equivocada. Ahora me dice, “mucho mucho, mijito”, y aunque no encuentre el verbo y use el masculino para referirse a mí, son palabras que para mí significan mucho más de lo que significaba antes un “te quiero mucho, mijita”. Mi tía, entre otros familiares, se ha convertido en la extensión de la cabeza de mi abuela; está constantemente a su lado ayudándola con su voz a decir las palabras que a mi abuela no le salen o a traducir las que dice erróneamente.

Las malas palabras que nunca le gustaron a mi abuela y que jamás —y no exagero— le oí decir, fueron precisamente las primeras que gritó cogiéndose la cabeza cuando llegó a su casa después de salir del hospital: ¡Carajo! ¡Me jodí! Para algunos, esto no sonará a una grosería, pero no dudo que para mi abuela sí lo hubiera sido, pero aún así su cabeza no las controló y fue lo primero que le salió. Entonces será más bien que ahora mi abuela es libre porque ya no controla sus pensamientos, y es el control de los pensamientos el que nos atrapa. Me contradigo tanto en lo que pienso que ahora sólo reflexiono en lo que sentirá mi abuela que salió de la casa hablando con prudencia y sin malas palabras, y volvió usando groserías que era lo que más le molestaba oír de otros.



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