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  • asaadsaldarriaga

Mi impulsividad personificada

Yo decía con orgullo, en alto y casi a diario: “No puedo luchar en contra de las conexiones neurológicas con las que nací, así que al que no le guste como soy o no le parezca bien, pues que no me hable”. Aunque mis palabras pudieran sonar a la pataleta de una niña durante el recreo en el colegio (sobre todo por lo último), no me importaba que me imaginaran, inclusive sacando la lengua, mientras lo decía. Y a continuación, con una voz que me nacía en el ombligo, crecía y subía por el esófago hasta que salía por la boca como si la letra de la canción me perteneciera, cantaba: “Yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré”.

Creía que era mejor ser directa y decir todo, absolutamente todo, lo que se me pasara por la cabeza. Me convencía diciendo que la impulsividad me corría por la sangre, y que esa era mi genética. Me autoexoneraba de toda culpa afirmando que ser impulsiva era lo que dictaba mi ADN. Me sentía libre al ser efervescente, y me parecía que era mejor no guardarme las cosas y ser espontánea para evitar pudrirme por dentro. Creía que había que sacarlo todo como fuera y donde fuera, y de la forma en que saliera. Pensaba que dejarme llevar por mis pensamientos de forma precipitada era ser más auténtica y me mantenía sana. No entendía cómo la mayoría no actuaba como yo. Me perturbaba ver cómo las personas sonaban y se veían falsas al controlar sus impulsos y al ser reflexivas antes de actuar. Criticaba fuertemente que ellas no dijeran todo lo que pensaban. Para mí, ser honesta era decir todo lo que me hirviera en la cabeza, y también todo lo que me la congelara. Sí, todo, y sin importar la forma cómo lo hiciera. El fin justificaba la forma. Daba igual que fuera algo objetivo o algo subjetivo. Yo pensaba que se debía decir todo y punto, pues la vida era corta y no podía correr el riesgo de pudrirme por dentro guardando pensamientos. ¿Por qué dejar una opinión adentro de la cabeza cuando se podía compartir? Esconderla era un acto egoísta. Eso pensaba antes. Ahora pienso lo contrario: es egoísta compartirlo todo.

La adoración que sentía por el silencioso monstruo interno de mi impulsividad se convirtió en mi propia vergüenza, después del encuentro que tuve con una conocida en el parqueadero de Publix. Sí, tal cual. Tan cotidiano como se oye. En el parqueadero de un supermercado entendí que debía aprender a apaciguar a mi bestia interior. Entendí que yo no quería ser, ni tampoco verme como esa conocida. No me gustó lo que vi: un rostro sin facciones que me nublaba la vista y me mareaba, pero me intensificaba el oído.

Yo salía de hacer mercado y ella entraba, y sin ninguna introducción empezó a regañarme. Sí, tal cual: como cuando yo regaño de repente a mi hija menor porque me suelta la mano al pasar la calle. O al mediano porque lleva una hora frente al plato de comida sin tocarlo. O al mayor porque deja los zapatos tirados en mitad de la sala. Su voz salía como un grito desprevenido; sin preámbulos. Nacía del silencio de la calle atiborrada de carritos de mercado que rodaban llenos de bolsas, y que precedían piernas sin nombre. Está bien, tal vez exagero un poco. No eran gritos, pero sí era un tono muy serio. Una voz alta y firme, pero chillona, con acento caribeño arrancado de su pasado, que me reclamaba que por qué no contestaba sus mensajes de texto a tiempo. (Bueno, la verdad es que a destiempo tampoco lo hice. Simplemente nunca los contesté. Punto). Según ella, yo lo había ignorado todo: WhatsApp, mensajes de texto y llamadas. Bueno, según ella, y según la realidad, así había sido. Su argumento era que para ella era importante lo que me escribía. Mi argumento —en mi cabeza— era que para mí no lo era. Así que me gané un regaño. Me reí en silencio (a diferencia de mi hijo mayor que explota en carcajas cuando lo regaño). La impulsividad vista desde afuera era tan ilógica que entendí que yo no quería ser así: como ella. Ella era mi impulsividad personificada. En ese momento cambié. ¿Se puede cambiar por dentro en cuestión de segundos? Cambié, más bien, la teoría que llevaba por dentro. En la práctica ya se demostrará si me aumentaron las conexiones neurológicas para volverme una persona reflexiva que controla los pensamientos antes de hablar. La veía, me veía, y no quería ser como ella. Cerré los ojos y me volví a reír. ¿Todos estos años viéndome como una fiera impulsiva? Así me llamó una amiga hace poco; me lo dijo desde el cariño —quiero suponer—.

“A muy pocas personas les interesa de verdad lo que uno piensa. De hecho, son pocas las veces en realidad que resulta pertinente decirlo…”. Eso me lo dijo un amigo y creo que debería empezar a creerle. Lo que aún no me queda claro es si ser impulsiva no es lo que prefiero y escojo, sino a lo que llego muchas veces inevitablemente.

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