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  • asaadsaldarriaga

Una percusión constante: cinco ideas sin pausa

Advierto la presencia del agua por los truenos que retumban como ogros invisibles en los ventanales de mi cuarto. Menos mal son vidrios antihuracanes, pienso. Dudo si pararme de la cama o esperar un poco más. La luz aún no invita a hacerlo. Además, no quiero levantarme y marcar la fecha en el calendario con una equis, mientras el día queda estancado en la cabeza. Es época de mucho calor, pero también de mucha humedad y lluvia. Mejor me quedo un rato más dando vueltas bajo las sábanas mientras cojo fuerza para sobrellevar un día más de gobierno dictatorial —según mi marido, yo soy una dictadora—. Intento dormir un poco más, pero fracaso; pienso que no es sensato hacerlo. El sueño será interrumpido en cualquier momento por alguno de mis hijos que entrará en mi habitación para preguntarme si estoy despierta —y tal vez no lo hubiera estado si viviera sola—, pero como no es el caso, estoy atenta para contestar la pregunta predecible que llegará pronto, y aparentar que estaba deseando verlos. Tengo los ojos abiertos con esfuerzo a pesar de la poca luz que ilumina el día. Aparece mi hija con una energía que tal vez yo ya nunca volveré a tener. Le contesto que claro que estoy despierta, y espero resignada la siguiente pregunta, también previsible, que me hace mi hijo mayor cuando aparece y se sube en mi cama: ¿Y qué vamos a hacer hoy mamá? Quiero gritar con impotencia que haremos exactamente lo mismo que llevamos haciendo desde hace más de cinco meses: vivir de la incertidumbre, seguir esperando a que pase la pandemia, y enloquecernos con la posibilidad de que este año no irán más al colegio. Controlo la impulsividad de mis pensamientos, que se acumulan en mi estómago y crecen como una bola de masa con levadura, y les digo con un tono poco complaciente que nos quedaremos en casa, que no podremos ver a ningún amigo, y que hoy, igual que ayer y el día anterior y el anterior, podrán ver televisión y jugar Nintendo sin límite de tiempo, si prometen no interrumpirme mientras hablo por teléfono o me baño o cocino o escribo o leo; mejor dicho, si prometen hablarme solo en caso de emergencia. ¿Pido mucho? Obviamente, romperán la promesa. Claro, para los niños ésta es época de vacaciones —la pandemia no cambia su realidad—; en cambio para mí las vacaciones no existen. O bueno, no voy a exagerar: sí existen cuando el sueño de mis hijos me lo permite. ¿Acaso le puedo llamar vacaciones al tiempo cuando ellos duermen? Da igual cómo se llame. El nombre es lo de menos, aunque en el caso del nuevo miembro de familia sí es importante llamarlo por su nombre. No nos decidimos por qué nombre ponerle. Aunque sigue sin salir el sol, ahora tengo algo más de energía para afrontar las necesidades de mi gobernanza. Discutimos sobre las tres opciones que más nos gustan y después intentamos hacer una votación —hay democracia en medio de la dictadura—, pero aún así seguimos sin aclararnos. En dos semanas llega el perro y tenemos que decidir cómo lo llamaremos. Tenía engañados a mis hijos sobre una supuesta alergia a los perros (al pelo y a la saliva), y por eso no podíamos tener uno en casa. Llevan años pidiéndole a Papá Noel que por favor les traiga un perro acompañado de la medicina necesaria para mi alergia. Esta vez no fue Papá Noel, sino la dictadora, quien les hizo el milagro. La cuarentena obligatoria me ha vuelto blanda —tal vez entonces no soy tan tirana— y he traspasado límites que juraba inamovibles: he aceptado un sexto miembro en la familia sin tener que parirlo —por lo menos algo que me beneficia—. “Tengo que empezar a tomar el antialérgico para no enfermarme cuando llegue el cachorro”, les miento. Me duele la cabeza; en eso no miento. Tengo que tomarme un antiinflamatorio. Si no me lo tomo con la primera señal de molestia, el dolor de cabeza se convertirá en migraña. Siempre me pasa lo mismo: me da pereza ir a buscar el frasco en el botiquín del baño. Siempre tengo la esperanza de que el malestar se desvanecerá si lo olvido, pero nunca logro distraerlo y termino retorciéndome en la cama por culpa del dolor, con náuseas, con una clara intención de querer cortarme la cabeza, aborreciendo la luz (que no entró por la ventana) y odiando hasta el ruido del suspiro que sale por las rejillas del aire acondicionado. El sufrimiento derrumba mis extremidades convirtiéndolas en polvo, mientras el cuello y la cabeza se cristalizan en una bomba que tiene un cronómetro de autodestrucción. Me retumba como lo hacía la tormenta eléctrica esta mañana en las ventanas de mi cuarto. El día sigue igual de oscuro. ¿Nunca salió el sol? Sin embargo siento calor. Mis hijos siguen igual de enérgicos y continúan rompiendo la promesa de no interrumpirme. Siento la cabeza como un tambor que es azotado sin pausa y con vigor. Daría lo que fuera por deshacerme de esas baquetas que me flagelan. Quiero enmudecer la percusión de preguntas e interrupciones. Quiero regalar las baterías de mis hijos. No soporto el ruido que hacen, ni tampoco el desorden. Tengo que ir a arreglar la explosión colorida de juguetes que tienen. “¡Qué miedo! Parece una de mis pesadillas”, me dijo un amigo cuando le mandé la foto del desorden en el cuarto de juguetes.

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